martes, 8 de abril de 2014

El sentido de trascendencia



Hay mucha hambre en el mundo. Y ante esta frase, en general, a la mente del que la lee u oye, aparecen secuencias de niños famélicos, cuerpos con la piel pegada a los huesos, mendigos demacrados con manos extendidas…. Un reducido grupo añade a estas imágenes la de gentes hundidas en la soledad, niños abandonados, ancianos con el vacío reflejados en el rostro, llantos vertidos entre las gentes en guerra…este grupo reconoce el hambre de amor que igualmente arrasa el mundo.
Pero hay otra hambre más profunda  que por negarla o mal direccionarla sume a las gentes en esta locura colectiva mundial: el hambre de trascendencia.

Por mucho que quiera negarse el sentido de trascendencia es inherente al ser humano, éste siempre quiere ir más allá, que es el original significado del término. Es el motor que impulsa las acciones del hombre. Lo que ocurre es que cuando el hombre se posiciona sólo desde su plano más material su querer ir más allá se traduce en cada vez tener más posesiones, más riquezas, más sabrosas comidas, mejores vehículos… cayendo como en un pozo sin fondo porque nunca queda satisfecho y a la vez, por ceñirse exclusivamente a esa fisicidad, va sumiendo sus otros “estómagos”  en un hambre cada vez mayor. Con frecuencia, en sus estados más graves, estas personas enferman de codicia, de avaricia, de egoísmo desmedido, de maldad (maltrato a otros)…
Resulta claro que esa vía de ir más allá sólo le conduce a la larga a una muerte mental, emocional y espiritual por inanición.

Los hay que trascienden, van más allá de lo puramente material, y tratan de nutrir también su mente; a algunos se les llama intelectuales. Suelen tener una mente curiosa, ávida de saber y se aplican a tener cada vez mayores conocimientos, ensanchando cada vez los límites de lo que conocen.
Los hay entre ellos que se quedan por el camino, que se cansan de aprender y se instalan en los conocimientos que en un momento dado les calman y simplemente….se momifican. Dejan de cuestionarse y  algunos suelen convertirse en dogmáticos detentadores de su saber, pudiendo incluso convertirse en dictadores o en tiranos de aquellos otros que no dejaron de inquirír, de evolucionar. En realidad se volvieron charcas de aguas putrefactas al cerrarse al fluir del conocimiento, o en ricos mausoleos bellos por fuera pero que dentro sus huesos quedaron obsoletos o puro polvo.
Los hay también que sólo son avaros que han atesorado en su mente pero que no comparten, lo cual les deja en una posición sin sentido.

Entre los que consideran, además de su “estómago” material, el mental, los hay que no son considerados “intelectuales”, son personas generalmente anónimas que mantienen su mente abierta y viva, que reflexionan por sí mismas sobre todo lo que observan, experimentan, viven y tejen con ello un proceso vital en expansión.
De este grupo algunos consideran también su “estomago” emocional y reconocen que así como necesitan alimento para sus cuerpos y sus mentes, lo necesitan también para su afectividad. Saben que no sólo de pan vive el hombre, ni sólo de pensamientos e ideas sino de la interacción afectiva con todos los que convive.
Entre este grupo que va mas allá, que trasciende lo puramente material y mental, los hay que se estancan atrapados en emociones que les llevan de aquí para allá como en vendaval sin ser capaces de transmutarlas en sentimientos.  Otros en cambio, en continuo crecimiento, logran ensamblar progresivamente el engranaje de sus tres “estómagos”, buscando cada vez más la armonía entre ellos. Suelen ser personas con buena sociabilidad, sin grandes problemas. Pueden quedarse en ese proceso  reducidos a su entorno más inmediato o pueden ir más allá de esos límites e ir ampliando su sentido en proyecciones sociales cada vez más amplias. Ahí colocaría a aquellos que no sólo se incardinan bien armónicamente en sus círculos naturales: familia, ámbito laboral, etc sino que emprenden acciones hacia grupos más amplios como Comunidad, país, Humanidad… este grupo va más allá de sí mismo, sale de su fisicidad y de su propia mente para imbricarse con los otros, no le importan sólo “sus” hambres, sino las de los otros.

Aún hay otro grupo mucho más reducido de personas que reconocen su hambre de ir más allá de los límites de sí mismos, de su espacio, de su tiempo. Si bien este tipo de hambre lo experimenta todo hombre aunque sólo sea enfrentado a su muerte no todos lo reconocen y asumen. Quien lo hace inicia una búsqueda y dependiendo de su constancia en ella son sus logros.
La mayor respuesta a esa hambre de trascendencia de sí mismo es Dios. Lo que ocurre es que las religiones están convencidas de ello pero no entienden cómo. Digo esto en el sentido de que la traducen en una vida tras esta vida que prometen a sus fieles a cambio de que cumplan ciertas cosas. De alguna forma se podría decir que ellas prometen calmar esa hambre de trascendencia tras la muerte física si el “buscador” permite que ellas se enseñoreen de él, de alguna forma pasan a ser esclavos de ellas, de sus dogmas, sus órdenes, sus peticiones económicas o de otro tipo.
Algunos “buscadores” , o avezados o escarmentados, se zafan de ellas ante sus errores o la insatisfacción que les producen o las trampas que descubren y continúan su búsqueda. Y entre todos ellos el que logra realmente calmar la trascendencia es aquél que entra en contacto con el “hambre” de Dios.
¿Qué significa esto?
Mirándolo desde el hombre:
Hemos recorrido el cómo a medida que el hombre va creciendo en el conocimiento y reconocimiento de sus diferentes “estómagos” ha ido trascendiéndose a sí mismo, abriéndose a realidades exteriores a él e imbricándose con ellas en proceso creciente de armonía y bondad, justo es que en esa espiral de crecimiento de apertura interna tope con la Realidad Mayor, aquella que crea y sustenta a él mismo. Y así cuando entra en contacto con ella, si la acepta y la asume y labora para entenderla, conocerla, interactuar con ella (de la misma forma que lo hizo con las realidades que encontró anteriormente en su proceso) entonces habrá ido más allá de sus límites iniciales sumergiéndose en Alguien que está más allá…de todo (en un sentido)
Por otra parte la expresión “el hambre de Dios” es una expresión más o menos poética (pero no por ello, en mi comprensión, menos real) de que Dios, ese Alguien más allá de todo, tiene “hambre” de hijos, familia, colaboradores, siervos, pueblo…

Y en esa línea el que se trasciende a sí mismo en el sentido de estas notas llega al Trascendente porque Este se trasciende.  Parece un trabalenguas pero me es claro.: porque Dios trasciende (a Sí mismo) es por lo que él hombre puede llegar a Él  tras un proceso de trascenderse también a sí mismo. Es como un encuentro, el Encuentro, que en el fondo toda alma busca pero que las diferentes capas que la envuelven le dificultan.

¿Y por qué están hechas así las cosas?
Porque sólo purificándose a través  de ese largo camino de la trascendencia  (ir más allá de las cuestiones materiales, mentales, afectivas) uno aprende a amar al Otro y a los otros  olvidándose de sí mismo.

Mt 16. 24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.
¿Alguien puede no ver que Jesús mostró en Sí mismo ese camino de trascendencia?
Elspeth. Mayo 2011

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