domingo, 8 de junio de 2014

Jesús, templo de Dios



Escrito al despertar el 8 de diciembre de 2013 

Jn 2. 19 Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. 20 Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? 21 Mas él hablaba del templo de su cuerpo.

Tres partes tenía el santuario único: atrio, santo y santísimo. 

Tres bautismos he conocido por Nibaldo: el de aspersión a, el de inmersión b y el de infusión c, El primero por la Ley, el segundo por la Gracia y el tercero por la Verdad.

Atrio                                                        Santo                                           Santísimo

    ¡                                                               ¡                                                      ¡

Cuerpo de Jesús                                  Mente de Jesús                             Corazón de Jesús

    ¡                                                               ¡                                                      ¡

Bautismo de aspersión                    Bautismo de inmersión                   Bautismo de infusión

Por el bautismo de aspersión se accede a los más exterior y superficial de lo que trae Jesús. Así como las aves del cielo sólo picotean granitos, así quien sólo toma o ingiere pequeñas y puntuales enseñanzas de Jesús se podría decir que recibe bautismo de aspersión. Muchos de los que leen/leemos su Palabra y la Palabra de Dios en la Biblia nos quedamos en la piel, la superficie, arañando enseñanzas de corte moral, autoayuda, para funcionar en lo cotidiano…nos hemos quedado así en el Atrio.

Entrar en el Santo es entrar en su Mente porque es, sumergiéndose en su Expresión, ir entendiendo su Pensamiento (Camino). En su Mente están los siete espíritus de Dios simbolizados en las llamas del candelabro; está su plan simbolizado en la mesa de la proposición con el “reino de los cielos” que Jesús levantó, los doce apóstoles; están aquellos que iban a creer por la palabra de ellos simbolizados en el altar de incienso; está la casa de David también simbolizada en los brazos y adornos del candelabro…

Hay que hacer una inmersión profunda (bautismo de inmersión) que conlleva una limpieza de pensamientos vanos, inútiles o errados. La Palabra limpia.

Entrar al Santísimo es entrar en su Corazón. En el Santísimo estaba el arca, y el arca es el Corazón de Jesús que guarda (cumple) los mandamientos de Dios. En el Corazón de Dios está Jesús. Las tablas simbolizan el testimonio del Padre respecto a Hijo. Y sobre el arca los dos querubines, Moisés y Elías simbolizando a la Ley y los profetas, canales de la Voz de Dios en tanto que Jesús no había aún venido.

¿Qué hay en el Corazón de Dios? Puro Amor. Por amor surgieron Moisés y Elías, Ley y Profecía para un pueblo que debía ser servidor de Dios para conquistar y hacer un planeta para Dios, a la medida de su propósito. Por amor envió a su Hijo, Jesús, su Cristo, el Rey del cielo.

¿Quién entra al Corazón, el Santísimo?

El que no queda en el atrio, ni siquiera se queda en el Santo si bien pasa por ellos y habiéndose limpiado el cuerpo (lo más epidérmico) y la mente (de doctrinas extrañas) y habiendo comido de los panes, siendo iluminado por los espíritus de Dios, no se conforma y sigue buscando a Dios porque en esa inmersión ha reconocido que sólo la mente, sólo el saber, no es el ser y Dios es Ser. A ese Ser quiere conocer y entender para servirle.

Cuando este deseo es puro y ardiente entonces le da el bautismo de infusión, que es como comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo, esto es su Corazón. Va más allá de entender racionalmente, es empatizar con Él, es compartir con Él toda la sabiduría de Dios escondida en la Biblia. Es recibir e incorporar a si mismo las “cosas celestiales”1. Y en llegado a este punto el corazón de uno es cambiado 2(la extraña operación) y el corazón de uno es similar (salvando diferencias) al de Jesús: compasivo, entregado, apasionado por Dios y por los hombres, generoso…

Cuando se entra y se está en el Santísimo uno pasa a ser, y de ser brota el hacer, el emanar, el decir, hablar…

“Llama a las cosas que no son como si fueran” 3 No éramos por naturaleza hijos de Dios los humanos 4, pero si se llega al Santísimo y se da la comunión íntima5 entonces nos llama hijos, hermanos de su Hijo, porque nos ha hecho partícipes de su naturaleza. Dios es Amor6 y Espíritu7 y en todo el proceso por Él diseñado nos ha hecho amorosos y espirituales. Este es el propósito último de su plan: descendencia para Dios8

 Así se hermana, se unifica cielo y tierra 9, el reino de los seres espirituales hijos de Dios con los humanos. Y esto lo hace posible Jesús. 


a Ex 24.8

b Mr 1.4

c Mt 26.27

1 Jn 3.12

2 Ez 11.  19-20. Ez 36. 26-27

3 Ro 4.17

4 Jn 1.12

5 Sal 25.14

6 1 Jn 4.8

7 Jn 4.24

8 Mal 2.15

9 Mt 6.10


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