¡Qué poco te conoces, Pedro! Sé que tu
impulsividad y tu afecto por Mí te hacen hablar así. En tu imaginación aceptas
morir si es preciso Conmigo en una lucha armada por eso llevas contigo una
espada. Hablas y te sientes con un halo de heroicidad si llega a darse que mueras en pelea. No has
comprendido las Escrituras y por eso te vas a sentir desconcertado cuando veas
que no voy a resistirme, que voluntariamente acepto que se cumplan en mi
arresto y todo lo que seguirá las profecías.
Has estado Conmigo años, me has escuchado, has visto, pero no acabas de
entenderme; en tu mente y en tu corazón aún quedan rescoldos de buscar riquezas
y poder terrenales, honores.
En breve te vas a sentir en la
disyuntiva de elegir, elegir entre tú y Yo. Y sé qué elegirás. Tres veces
negarás conocerme esta noche.
No me decepcionará pues sé lo que hay en
ti y cuando recuerdes que te he avisado que te va a zarandear como trigo, que
Yo he rogado por ti, que te he pedido que cuando vuelvas confirmes a tus
hermanos, entonces te perdonarás a ti mismo. Comprenderás que Yo sabía y que no
tenía en cuenta tu debilidad porque así era necesario que fuese. No quiero que
ni tú ni ninguno sea arrestado porque os necesito como enviados más tarde.
Sé la terrible lucha que tendrás en tu
interior esta noche en el patio de Anás. Te debatirás entre estar a mi lado y
hablar a mi favor y el miedo a correr mi misma suerte.
A momentos te retuerces las manos como
si fuera una lucha entre ambas. La que desea armarse de valor y entrar resueltamente
al palacio y la que se resiste porque teme. Tampoco entiendes mi actitud, mis
decisiones, te sientes perdido como huérfano. A momentos, cuando casi te
decides, la imagen de tu familia se te presenta nítida y entonces retrocedes:
“¿qué pasará con ellos, qué les harán si a mi me detienen? Y aun suponiendo que
no me maten ¿cómo van a salir adelante? Yo soy su sustento.”
Pasan los minutos, las horas y tu
angustia no cede. Tu corazón parece ir a estallar cada vez que uno de los
presentes en el patio se dirige a ti declarando que tú eres uno de los míos. Un
sudor frío te recorre y con voz extraña lo niegas. Tratas de obtener noticias
de lo que ocurre dentro escuchando las conversaciones; por tercera vez te
acusan, y al borde del colapso afirmas no conocerme. Justo en ese momento me
están sacando del palacio, te oigo, te miro. No hay ningún reproche en mí, sí
cierta tristeza al comprobar lo que ya sabía: a pesar de tus protestas me
dejas.
Un gallo lejano canta mientras nos
miramos y tú recuerdas mis palabras anunciándote lo que harías. En esos
segundos que tu mirada se hunde en la mía borrando miedos y gentes vuelves a
saber Quién soy y a la par lo que has hecho; no puedes soportarlo, ni puedes
soportar ver la comprensión y la piedad
hacia ti en mis ojos y, derrumbado, huyes del patio llorando amargamente.
¿Qué he hecho? Le he abandonado, no he
hecho nada por Él. ¡Soy un cobarde! Me lo avisaba y no le escuchaba, me sentía
en esos momentos el más fiel de sus discípulos, el más valiente y ¿qué he hecho?
Temblar de miedo largo tiempo entre gentes que le odian. Nada he dicho a su
favor, más aún he mentido vilmente negando conocerle. A Él que me ha dado
tanto, que día tras día me ha
manifestado su amor, que ha derrochado paciencia para conmigo, que ha hecho
tanto bien a mi familia, el que me ha valorado y estimado como hombre en quien
confiaba y ¿qué he hecho yo? Negarle, y no una sino tres veces. Soy un ser
despreciable, he abandonado a mi Amigo, mi Maestro, mi Señor.
Y no me culpa, no me reprocha. En sus
ojos… ¡Ay, sus ojos! Me ha traspasado su mirada.
¿Cómo es posible que me siga amando? ¿Cómo
es posible que me perdone? ¿Cómo es posible que vea en sus ojos un darme ánimo
cuando es Él el que está preso, golpeado, caminando al sacrificio? No, no es
hombre, es Dios amando. Y yo le he negado.
¿Y qué va a ser de Él? Pálido, cansado,
entre empellones y desprecios, eso también me ha golpeado.
¿Y que voy a hacer? Él parece quererlo.
Me vienen a ráfagas sus palabras que no entendí y que ahora parece que algo
comprendo: Él sabe a dónde, por qué y para qué va, y lo acepta. Nos lo ha
dicho, pero mi torpeza hace que no lo entienda o quizás en lo más hondo algo
entiendo pero me niego. No quiero que vaya como una oveja al matadero, no
entiendo por qué no los fulmina, por qué no llama a su Padre y evita todo esto,
por eso también sentía rabia decepcionada respecto a lo que esperaba de Él.
¡Eso, eso es! sólo pensaba en lo que yo
esperaba de Él y no he atendido a lo que Él esperaba de mi. Ese, ese es mi
pecado hacia Él, esa es mi negación: el no haberle amado, no corresponder a su
amor.
Elspeth.2012
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