Zc 12. 10 Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito.
“No es lo mismo sentirse culpable que sentirse responsable. No se han podido afligir realmente o, mejor dicho, pura y
simplemente por Él y con Él porque se les generó y transmitió un sentido y
sentimiento de culpa.
La
culpa no es una aceptación. En la culpa no hay un olvido de sí mismo por mirar
sólo al otro, en la culpa se esconde el ego y uno se apresta a huir.
Hay
que quitar el sentimiento de culpa para que puedan, afligidos por Él y no por sí mismos, llorar.
Ya
lo dijeron: llorarán como por hijo unigénito. Porque cuando un hijo muere la
aflicción no está por uno mismo sino porque él marchó y no vivió ni vivirá su
vida.
Pero
no es este el caso porque no se llora por la muerte, el acento no está tanto en la muerte como en el sufrimiento.
Se llora por lo que sufrió.
Y
en llegar a este punto, cuando uno conecta con ese sufrimiento sólo ansía
aliviarlo, compartirlo para aliviarle y ahí descubre el Amor, y ese Amor lo ducha
y lo limpia, ese Amor lo transforma, en continuas expansiones, en espiral
creciente hasta que lo asemeja a Él mismo.
Así
tocado lo va elevando en conciencia. El olvido de uno mismo en la fusión con el
Amado hace que vea a los hombres como Él los mira: hambrientos, sedientos,
heridos, ciegos, cojos, mortecinos o rematadamente locos, y poco a poco de esa
visión unida salen las fuerzas que expanden el corazón, alargan los brazos,
multiplican las manos, ponen alas a los pies, derraman palabra que sana,
argumentos que derriban.
Así
es el proceso de unión. Y
así como Él vino y en su entorno derramó sanidad, cuidado, compasión,
sabiduría, ternura…así cada cual que se une a Él va derramando lo mismo. Y
cuanta mayor es la unión mayor es la proyección, aunque en aquel momento tal
persona pase desconocida"
Elspeth 2011